Valijas con libros, un cielo azul y mi segundo hogar.

Escribo esto desde mi terraza, observando el cielo maravillosamente azul y despejado, con el sol dándome de frente haciendo que mis ojos se vuelvan algo achinados y calentando mi sangre. Tengo que aclarar que estamos en pleno invierno… ¿Calentamiento global?  Estoy tirada en el piso con la computadora escuchando a Natalia Lafourcade, recién habiendo terminado una nota para el diario escolar, y me encuentro escribiendo esto luego de tomarme un minuto pensando como deseo este sol y cielo por mucho más tiempo que por esta media hora que me queda antes de tener que irme.

Vacaciones. A pesar de que se acercan las vacaciones de invierno, estoy atada a mi casa y a miles de trabajos que debo hacer, libros de historia y tareas que me desbordan. Me hundo bajo papeles que no son tanto de mi agrado, no son ficciones ni libros de terror, no son mis típicas fantasías o dramas románticos de amores que terminan y empiezan a la velocidad que una estrella fugaz cruza el cielo. Esa es mi paz. 

Me veo a mi misma armando las valijas, eligiendo solo vestidos y un par de abrigos por si acaso; vaciando mi biblioteca para ver cuales serán los libros que leeré (normalmente llevo entre 10 y 20) y guardándolos en la funda de mi maquina de escribir. Subiéndome al auto para ese viaje de siete horas que, con el paso de los años, ya me parece el viaje más corto del mundo. Y allí estará mi paraíso, donde vea casas pequeñas y olor a eucalipto, donde los arboles hagan sombras danzarinas sobre el suelo de pasto y tosca, donde, en el silencio, pueda escuchar el rugir del mar y el canto de los pájaros. Allí estará mi segundo hogar, mi casa favorita, con un jardín que parece terminar en un bosque, el hogar con su fuego reconfortante y la hamaca paraguaya donde suelo leer y dormir, dormir y leer, soñar y escribir. Ahí donde el sol me da ese calor parecido al que estoy sintiendo ahora, pero más puro y brillante. Mi hogar, donde no hay Internet ni teléfono, pero tengo estrellas y mis pensamientos.

Allí es donde voy cuando estoy de vacaciones, allí es a donde necesito ir y no iré este año. Por eso me refugio en este sol de mediodía, cierro los ojos y finjo estar ahí, me engaño creyendo que tengo tiempo para mis libros, tiempo para aislarme en ese mundo de paz y silencio.

Se me acaba el tiempo para escribir y disfrutar de este calor. Tengo que bajar las escaleras y salir, confundirme con el andar de otra gente y el ruido de los autos. Y pensar en mi pueblito lejano. 

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