Sinceridad.

Hoy unas amigas me dijeron algo que me dolió mucho. Obviamente, no era la intención de ellas lastimarme, incluso lo dijeron riendo sin ser conscientes que esa verdad tan simple me había hecho daño. Y es que, justamente la verdad es que yo no la digo. 

Este es mi último año de secundaría, y cambios drásticos se avecinan en mi vida, pero mientras tanto, trato de divertirme y de disfrutar junto a mis amigas lo que me queda de escuela. Con mi curso decidimos hacer una especie de “ficha técnica” de cada uno, donde estén escrito nuestros apodos, frases características, y cosas vergonzosas de nosotros mismos (Pasado oscuro, sueño frustrado, situación sentimental…). Ninguno puede hacer el suyo propio, por lo cual, mis compañeros al leer sus fichas terminaban riendo a carcajadas o rojos de la vergüenza por los secretos revelados que veían escritos en el papel. Yo, a diferencia de todos, más bien quería llorar. Mis “secretos” estúpidamente llamados secretos, como si fueran de gran importancia  no son de aquellos que se pueden revelar y terminar en carcajadas. Aún así, le pedí a mis amigas, que saben todo TODO de mi, escribieran mi ficha, a lo que accedieron en un principio, pero cuando fui a preguntarles, fue lo que me contestaron lo que me dejo el resto del día con una sensación total de frustración e impotencia:

“Lo íbamos a hacer, pero es complicado porque no podemos ser sinceras.”

No, claro que no pueden serlo, porque yo no se los permito. No me atrevo a dejar ver esa parte de mi, esa parte que en definitiva no debería importarle a nadie más que a mi misma. No les permito que con libertad escriban mi “pasado oscuro” o mi “situación sentimental”. Y hasta ahora estaba bien con eso. Sentía que no necesitaba aclarar nada más allá de a mis amigas, que el resto podía seguir sin conocer eso. Pero hoy lo sentí. Sentí la falta de sinceridad en mis actos, en mis palabras. Sentí esa parte de mi misma que suelo ocultar, a esa yo que le ruego callar hasta salir de aquel entorno que me es ajeno. Esa parte que escuchaba a todos reír y quería reír con ellos, hablar de sus amores y burlarse de sus propias estupideces. Pero en vez de eso permanecí en silencio, con miedo de que alguien preguntará algo obligándome a mentir, cosa que prácticamente hago todo el tiempo, casi como un reflejo.

Estoy tan cansada de eso, ¿Saben? no se cuanto más pueda aguantarlo, y no veo la hora de hartarme lo suficiente para que el miedo pase a segundo plano. A este punto ya tendría que haber dejado de tener miedo, pero sigue ahí, como mi sombra, consciente de que cada vez estoy más cerca de alejarme.

Pero sigo teniendo miedo. 

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